“Para exigir la perfección se requiere
cierto nivel ético y es indispensable alguna educación intelectual. (…) No se
concibe el perfeccionamiento social como un producto de la uniformidad de todos
los individuos, sino como la combinación de originalidades incesantemente
multiplicadas. Todos los enemigos de la diferenciación vienen a serlo del
progreso; es natural, por ende, que consideren la originalidad como un defecto
imperdonable. Los que tal sentencian inclínanse a confundir el sentido común
con el buen sentido, como sí enmarañando la significación de los vocablos
quisieran emparentar las ideas correspondientes. Afirmemos que sentido común y
buen sentido son antagonistas. El sentido común es gregario, eminentemente
retrógrado y dogmatista; el buen
sentido es individual, siempre innovador
y libertario. (…) Respecto a los hombres y mujeres sin personalidad,
individualmente considerada la mediocridad la defino como la ausencia de
características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad.
(…) Los hombres y mujeres sin personalidad son innumerables y vegetan moldeados
por el medio. (…) Su moralidad de catecismo y su inteligencia cuadriculada los
constriñen. (…) Es así que mientras el individuo de fino carácter es capaz de
mostrar encrespamientos sublimes, como el océano, en los temperamentos
domesticados todo parece quieta superficie como en las ciénagas. La falta de
personalidad hace, a estos últimos, incapaces de iniciativa y de resistencia a
lo establecido. Desfilan inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en
tedio su insipidez, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros a
la izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez moral
háceles ceder a la más leve presión y sufrir todas las influencias. (…) El
hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia
imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las
rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticación”
José Ingenieros El hombre mediocre,
Ediciones Universales, Bogotá, 1994, págs. 34-38, 45.