El concepto pensamiento
único se refiere a los pensamientos, doctrinas y teorías hegemónicas
neoliberales y al poder que las sustenta, los cuales insensiblemente envuelven,
inhiben y ahogan cualquier razonamiento
crítico, aquel que se opone al discurso dominante, referido a la crítica de
las argucias de la razón neoliberal que impera, en temas como los supuestos
beneficios de la globalización, la demolición social por dimisión del Estado
respecto de sus responsabilidades, la cultura o estilo de vida americano y el
mercado. El predominio del funcionalismo ha estado signado como puntal de la
ideología del sistema de poder predominante hoy; y difunde la idea de que lo
que existe, de que el estado de cosas reinante no se pueden cambiar. El mundo
actual no puede soportar la ausencia de esperanza y la carencia de salidas. Las
leyes que rigen el mercado mundial están hechas por humanos y por ello pueden
ser transformadas. La labor de una ciencia libre de dogmas es explorar las
maneras y los límites del cambio que están abiertas a los distintos agentes
sociales en las sociedades actuales. En este último sentido, por ejemplo el
fenómeno de la pobreza posee una relevancia moral y política, no únicamente
económica. Entraña un problema de carácter normativo (o sea, supone un
imperativo ético) que expone por qué debe ser combatida. A menudo se da por
sentada la idea de que la economía y las políticas públicas que la implementan
tiene que ver con la administración de los bienes y recursos escasos, asumiendo
la pobreza como un mero dato, como un hecho social que habría sólo de ser
constatado, pero que no sería susceptible de ningún juicio de valor. La
existencia de ricos y pobres en las sociedades sería un hecho natural
ineludible. Sin embargo, los enfoques de las libertades y derechos, y de las
capacidades, sacan a la luz la estrecha relación entre pobreza y desigualdad;
entre pobreza y exclusión social; situación que conlleva la cuestión práctica
acerca de cómo tratamos a las personas. Pero además, descubre que la no
abundancia de los bienes y recursos no implica de modo necesario su
insuficiencia, poniéndose al descubierto el tema de la distribución social
justa y equitativa de la riqueza.
La traducción de tales argucias a un proyecto aceptable para
las masas, con medidas que los gobiernos avalan y las masas no entienden en su
contenido real sino largos años después, es un proceso que a las ciencias
sociales les compete analizar; y que se tiene que denunciar, desestructurar,
desnaturalizar, desmitificar, desfatalizar y someter a una crítica explicita
capaz de construir alternativas de salida. Tal posibilidad debería permitir la construcción
pactada de una sociedad de semejantes, donde a falta de una estricta igualdad,
todos pudieran ser reconocidos como personas independientes y resguardadas
contra los avatares de la existencia (desempleo, vejez, enfermedad, accidentes
de trabajo, precariedad laboral y social, etc.) protegidos, en una palabra. La
posibilidad de este pacto hoy está amenazada. Por un lado, por una demanda de
protección sin límites, de naturaleza tal que genera su propia frustración. Por
el otro, por una serie de transformaciones que erosionan progresivamente los
diques levantados por el Estado: individualización, declinación de las
organizaciones colectivas protectoras, precarización de las relaciones de
trabajo, proliferación de nuevos riesgos.
Nunca antes como ahora hubo una conciencia tan clara de la
necesidad de gobernar las tendencias de la globalización a partir del marco de
los Derechos Humanos y, al mismo tiempo, nunca antes como ahora, éstos se ven
tan amenazados en su cumplimiento. Circunstancias tales como el abandono de la
responsabilidad de los gobiernos ante la satisfacción de las necesidades básicas
de la población, al asumir que la modernización significa trasladar los costos
de la estabilidad social a los individuos, o la ruptura de barreras de
protección a los países menos favorecidos en la competencia mundial, plantean
serios desafíos a la vigencia de los DESC (Derechos Económicos, Sociales y
Culturales) y hacen en consecuencia más necesaria sus reflexión. La
reflexividad nos permite transformar la mirada que dirigimos sobre el mundo
social, así como sobre nosotros mismos. En tal sentido, el socioanálisis
nos permite comprender cosas a la vez
personales y generales, los juegos que jugamos, los intereses que en ellos
invertimos y que guían nuestro accionar cotidiano, y las resistencias que
oponemos al reconocimiento de lo que antes nos era desconocido. Si bien es
cierto que el orden social reposa sobre creencias profundamente soterradas
tanto como sobre estructuras objetivas, la sociología implica necesariamente
una visión política del mundo social. Nos enseña a asociar el espíritu de
utopía al conocimiento realista de tal orden.