sábado, 14 de febrero de 2015

Fundamentación contextual: pensamiento único versus pensamiento crítico.




El concepto pensamiento único se refiere a los pensamientos, doctrinas y teorías hegemónicas neoliberales y al poder que las sustenta, los cuales insensiblemente envuelven, inhiben y ahogan cualquier razonamiento crítico, aquel que se opone al discurso dominante, referido a la crítica de las argucias de la razón neoliberal que impera, en temas como los supuestos beneficios de la globalización, la demolición social por dimisión del Estado respecto de sus responsabilidades, la cultura o estilo de vida americano y el mercado. El predominio del funcionalismo ha estado signado como puntal de la ideología del sistema de poder predominante hoy; y difunde la idea de que lo que existe, de que el estado de cosas reinante no se pueden cambiar. El mundo actual no puede soportar la ausencia de esperanza y la carencia de salidas. Las leyes que rigen el mercado mundial están hechas por humanos y por ello pueden ser transformadas. La labor de una ciencia libre de dogmas es explorar las maneras y los límites del cambio que están abiertas a los distintos agentes sociales en las sociedades actuales.   En este último sentido, por ejemplo el fenómeno de la pobreza posee una relevancia moral y política, no únicamente económica. Entraña un problema de carácter normativo (o sea, supone un imperativo ético) que expone por qué debe ser combatida. A menudo se da por sentada la idea de que la economía y las políticas públicas que la implementan tiene que ver con la administración de los bienes y recursos escasos, asumiendo la pobreza como un mero dato, como un hecho social que habría sólo de ser constatado, pero que no sería susceptible de ningún juicio de valor. La existencia de ricos y pobres en las sociedades sería un hecho natural ineludible. Sin embargo, los enfoques de las libertades y derechos, y de las capacidades, sacan a la luz la estrecha relación entre pobreza y desigualdad; entre pobreza y exclusión social; situación que conlleva la cuestión práctica acerca de cómo tratamos a las personas. Pero además, descubre que la no abundancia de los bienes y recursos no implica de modo necesario su insuficiencia, poniéndose al descubierto el tema de la distribución social justa y equitativa de la riqueza.

La traducción de tales argucias a un proyecto aceptable para las masas, con medidas que los gobiernos avalan y las masas no entienden en su contenido real sino largos años después, es un proceso que a las ciencias sociales les compete analizar; y que se tiene que denunciar, desestructurar, desnaturalizar, desmitificar, desfatalizar y someter a una crítica explicita capaz de construir alternativas de salida. Tal posibilidad debería permitir la construcción pactada de una sociedad de semejantes, donde a falta de una estricta igualdad, todos pudieran ser reconocidos como personas independientes y resguardadas contra los avatares de la existencia (desempleo, vejez, enfermedad, accidentes de trabajo, precariedad laboral y social, etc.) protegidos, en una palabra. La posibilidad de este pacto hoy está amenazada. Por un lado, por una demanda de protección sin límites, de naturaleza tal que genera su propia frustración. Por el otro, por una serie de transformaciones que erosionan progresivamente los diques levantados por el Estado: individualización, declinación de las organizaciones colectivas protectoras, precarización de las relaciones de trabajo, proliferación de nuevos riesgos.

Nunca antes como ahora hubo una conciencia tan clara de la necesidad de gobernar las tendencias de la globalización a partir del marco de los Derechos Humanos y, al mismo tiempo, nunca antes como ahora, éstos se ven tan amenazados en su cumplimiento. Circunstancias tales como el abandono de la responsabilidad de los gobiernos ante la satisfacción de las necesidades básicas de la población, al asumir que la modernización significa trasladar los costos de la estabilidad social a los individuos, o la ruptura de barreras de protección a los países menos favorecidos en la competencia mundial, plantean serios desafíos a la vigencia de los DESC (Derechos Económicos, Sociales y Culturales) y hacen en consecuencia más necesaria sus reflexión. La reflexividad nos permite transformar la mirada que dirigimos sobre el mundo social, así como sobre nosotros mismos. En tal sentido, el socioanálisis nos  permite comprender cosas a la vez personales y generales, los juegos que jugamos, los intereses que en ellos invertimos y que guían nuestro accionar cotidiano, y las resistencias que oponemos al reconocimiento de lo que antes nos era desconocido. Si bien es cierto que el orden social reposa sobre creencias profundamente soterradas tanto como sobre estructuras objetivas, la sociología implica necesariamente una visión política del mundo social. Nos enseña a asociar el espíritu de utopía al conocimiento realista de tal orden.